jueves, 31 de mayo de 2012

Without You.

No puedo creer que ya haya pasado una semana, pues el dolor sigue fresco, escondido entre las sonrisas, los 'estoy bien', los cursos y trabajos, palpitando al mismo ritmo que mi corazón.
Y nadie parece notarlo, el mundo sigue girando, cada vez más rápido y yo solo quiero gritar: ¡Paren, acá me bajo!
La gente se queja del clima, el tráfico sigue siendo insoportable, hay replicas de terremotos en Italia y el metano sigue destruyendo la capa de ozono.
Los niños juegan con sus perros, los adolescentes se enamoran, el sol se va finalmente dando paso al invierno, las chicas lloran y los chicos ríen.
La luna continua su ciclo, algunos mueren y otros nacen, y yo...
Yo sigo llorando por ti.
Supongo que eso sucede cuando alguien muere, los que lo conocen, lloran; los que no, continúan con su vida. El tiempo sigue pasando, el reloj nunca se detiene y eventualmente las lágrimas se secan, los sollozos se detienen, las sonrisas vuelven a aflorar y la alegría renace como los girasoles al salir de nuevo el sol.
Pero nunca se olvida.
Siguen existiendo esos recuerdos que forman un nudo en la garganta, que humedecen la vista y que te impiden respirar. Tu nombre por un tiempo se vuelve un tabú y los silencios incómodos se hacen presentes en casi todas las reuniones familiares.
No mentiré, no hay mal que dure cien años y se lograra superar esta fase, te recordaremos con cariño, reiremos con las anécdotas más queridas que tenemos de ti, encontraremos tus cosas escondidas en diferentes rincones de la casa y no caeremos de nuevo en un espiral de depresión, desempolvaremos los álbumes de fotos y nos sentaremos a recordar.
Aun así, ahora siquiera considerar la posibilidad duele demasiado como para llevarla a cabo.
Desearía poder escribirte con palabras más sofisticadas, poder lograr que te sintieras orgulloso de mí al pensar que tu intelecto no había pasado desapercibido por los genes de la familia y que yo lo habría podido heredar. Seamos francos, tu ADN se ha topado con varios baches antes de poder llegar a mí así que no es nuestra culpa de que tu razonamiento, tu juicio sobre las cosas, tu sabiduría y demás cualidades no hayan llegado a este cuerpo.
También daría cualquier cosa por pasar por lo menos una última hora contigo y preguntarte todas las cosas que no hice durante todo este tiempo, por ejemplo, ¿cómo se conocieron la Mamita y tú?, ¿cómo la enamoraste?, ¿cumpliste todas las expectativas que tenías cuando eras joven?, ¿hay algo de lo que te arrepientas? Y la que más me intriga: ¿cómo siendo la Mamita y tú personas con un gran temple, ingeniosas y fuertes, criaron a unos nueve hijos tan, a falta de una palabra mejor, chiflados? Y si se me permitiera, me encantaría hacerte reír. Porque tu risa, esa que viene desde el fondo de ti, era una de las escasas satisfacciones que he llegado a tener.
Esto es lo primero y lo último que te escribo (quizás no, ¿quién sabe?). Este es mi adiós final. Te extraño mucho, pero sobre todo, te quiero.



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