Your hands can heal, your hands can bruise
I don't have a choice, but I'd still choose you.
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Ya está acostumbrada a esto.
El humo del cigarro sin terminar envuelve la sala de estar mientras se consume en el cenicero. El sonido del reloj es lo único que la acompaña en su auto-impuesta soledad y el café que terminó hace unos minutos le deja un sabor especialmente acre en el paladar.
A veces se pregunta como llegaron a esto. Ella sabía que él venía con toda una carga de dilemas, variada a tal punto que podría crear una paleta de colores nuevos, pero aún así ignoró las alarmas en su cabeza y los rumores que circulaban. Estaba tan segura de que de alguna manera podía repararlo, limar los bordes de su personalidad, convertirlo en el hombre deseado. Y en alguna manera lo había logrado. Se comportaba como un caballero en público, mejoró sus hábitos paternales, ya no gritaba (tanto), se vestía de una manera más deseable, utilizaba un cuchillo y tenedor, lustraba sus zapatos sin manchar de betún el piso y lavaba los platos después de comer. Sin embargo, ¿de qué servía todos esos detalles insignificantes, todas esas actitudes insustanciales si su peor manía, su talón de Aquiles era la que la tenía en esa situación? ¿Si el peor de sus errores aún regresaba para atormentarlos?
Ya está acostumbrada a esto, así que... ¿por qué duele tanto?
El humo del cigarro sin terminar envuelve la sala de estar mientras se consume en el cenicero. El sonido del reloj es lo único que la acompaña en su auto-impuesta soledad y el café que terminó hace unos minutos le deja un sabor especialmente acre en el paladar.
A veces se pregunta como llegaron a esto. Ella sabía que él venía con toda una carga de dilemas, variada a tal punto que podría crear una paleta de colores nuevos, pero aún así ignoró las alarmas en su cabeza y los rumores que circulaban. Estaba tan segura de que de alguna manera podía repararlo, limar los bordes de su personalidad, convertirlo en el hombre deseado. Y en alguna manera lo había logrado. Se comportaba como un caballero en público, mejoró sus hábitos paternales, ya no gritaba (tanto), se vestía de una manera más deseable, utilizaba un cuchillo y tenedor, lustraba sus zapatos sin manchar de betún el piso y lavaba los platos después de comer. Sin embargo, ¿de qué servía todos esos detalles insignificantes, todas esas actitudes insustanciales si su peor manía, su talón de Aquiles era la que la tenía en esa situación? ¿Si el peor de sus errores aún regresaba para atormentarlos?
Ya está acostumbrada a esto, así que... ¿por qué duele tanto?
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En uno de los días buenos (si es que llegan a durar tanto) tienen una cita para almorzar. Siempre es un lugar nuevo, según la sugerencia de algún familiar o amigo. A veces piden un plato propio de la casa o algo muy similar a lo que usualmente comen, para poder compararlo con experiencias pasadas. El sentimiento de domesticidad la eleva y la mantiene de buen humor por la mayoría del almuerzo. También puede notar los pequeños detalles, como cuando cada vez que él puede, tiene una mano sobre ella, así sea sobre su brazo, su muslo o entrelazando sus dedos, donde ve brillar su aro de matrimonio. Su propio anillo de compromiso brilla en su anillo corazón, complementando la imagen que parece ser sacada de una revista de bodas. Ese anillo simboliza la pertenencia que tiene el uno sobre el otro, el contrato firmado ante su familia y Dios que estarán juntos hasta que la muerte los separe y si estuviera en su poder, incluso después de eso.
La conversación fluye con alegría y después de pagar la cuenta, él la acompaña a su carro y abre la puerta para permitir que ella entre. La despide con un beso y le paga al muchacho del valet-parking. Y mientras ella lo ve alejarse recuerda que él nunca le dio una respuesta concreta sobre sus labores para la tarde. Trata de no entrar en su usual estado paranoico y canta junto con la radio sobre amores perdidos y desconsuelos, regocijándose de que ella no debe preocuparse en esas cosas y pensando en que su hija debería dejar de escuchar música tan deprimente si es que va a utilizar su auto y luego dejar el equipo en esa emisora.
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Ella puede oír pasos en las escaleras, pero sabe que no es él. Puede sentir la diferencia en el ritmo de las pisadas, la falta de llaves balanceándose en las manos del extraño. No es lo mismo.
Y quiere gritar. Chillar hasta que su garganta quede en carne viva y su voz ronca es todo lo que se pueda oír en el lugar. Porque es tan jodidamente injusto. Porque ella no se apunto para esto. Porque tenía expectativas completamente diferentes a la realidad. Y sí, tal vez sus experiencias previas la prepararon para la decepción pero una pequeña chispa de esperanza traicionó a su ser y realmente había tenido fe en que las cosas serían distintas.
Después de todo, la fe es lo que la ha empujado durante toda su vida.
Quizás la confió en la persona equivocada.
Y quiere gritar. Chillar hasta que su garganta quede en carne viva y su voz ronca es todo lo que se pueda oír en el lugar. Porque es tan jodidamente injusto. Porque ella no se apunto para esto. Porque tenía expectativas completamente diferentes a la realidad. Y sí, tal vez sus experiencias previas la prepararon para la decepción pero una pequeña chispa de esperanza traicionó a su ser y realmente había tenido fe en que las cosas serían distintas.
Después de todo, la fe es lo que la ha empujado durante toda su vida.
Quizás la confió en la persona equivocada.
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La primera vez que tiene la ligera sospecha de que algo va mal, lo tacha como paranoia. Después de todo, el trabajo lo mantiene ocupado y no es como si pudiera poder localizarlo las veinticuatro horas del día. La posibilidad de que sea lo que más teme cruza su mente por un momento tan fugaz que por poco y ni la siente y casi puede olvidarlo en el momento en que su hija le pregunta cuanto tiempo falta para almorzar.
La segunda vez, la preocupación la agobia por unos días, la vuelve asustadiza y distraída. Las cosas se le resbalan de las manos, las ollas se rebalsan, los adornos se rompen y los cuadros se caen. Comienza a recibir preguntas extrañas y miradas inquisitivas pero logra esquivarlas.
Es la tercera vez que lo sospecha, cuando obtiene su respuesta. Finalmente, consigue el coraje necesario y hace la temida pregunta. Lo descubre en la manera en la cual sus ojos se desvían y su respuesta tarda unos segundos de más en llegar. El hecho la golpea y la deja sin aliento. Puede sentir su corazón latiendo desbocadamente y como la sangre abandona su rostro para luego regresar con fuerza.
Pero no dice nada. Simplemente se pone de pie y abandona la mesa.
La segunda vez, la preocupación la agobia por unos días, la vuelve asustadiza y distraída. Las cosas se le resbalan de las manos, las ollas se rebalsan, los adornos se rompen y los cuadros se caen. Comienza a recibir preguntas extrañas y miradas inquisitivas pero logra esquivarlas.
Es la tercera vez que lo sospecha, cuando obtiene su respuesta. Finalmente, consigue el coraje necesario y hace la temida pregunta. Lo descubre en la manera en la cual sus ojos se desvían y su respuesta tarda unos segundos de más en llegar. El hecho la golpea y la deja sin aliento. Puede sentir su corazón latiendo desbocadamente y como la sangre abandona su rostro para luego regresar con fuerza.
Pero no dice nada. Simplemente se pone de pie y abandona la mesa.
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Cuando el perillo de la puerta gira y escucha el tintineo de su estúpido llavero, abandona el sofá y se enfrenta de pie a la puerta. Se prepara a si misma para el enfrentamiento, porque no es la primera, ni la última, vez que lo tienen.
Y se pregunta, ¿cuantas veces más podrán pelear sin llegar a un acuerdo? ¿Hasta cuándo pueden estirar la realidad antes de que llegue a su punto de quiebre? ¿Cuánto daño podrán hacerse el uno al otro antes de llegar a un punto de no retorno?
Mientras lo ve a la cara y sus manos se convierten en puños, todas las interrogaciones desaparecen de su cabeza.
Solo sabe que es la primera en gritar.