Ella sabía lo que tenía que hacer. Tenía que matarlo.
Nunca pensó que llegaría a estar en esa situación, porque, ¿qué persona en su sano juicio se plantea el tener que matar a otra?
Deseaba que hubiera otra salida, una solución más simple, más estable. Pero no la había. Ella estaba en riesgo, su familia, sus amigos, la vida a la que estaba acostumbrada, todo lo estaba.
Maniobró el cortaplumas que tenía en sus manos, enfundadas en guantes negros de cuero, mientras deslizaba sus pies en el mugriento suelo alfombrado de aquel alejado hostal. Su vestimenta oscura destacaba entre la decoración de mal gusto de la habitación. Su larga cabellera estaba atada en una trenza francesa que se sujetaba con firmeza a su nuca, asegurándole que ningún cabello traidor caería.
Sentía el peso del envase de gas pimienta en el bolsillo de su chaqueta. Y el revólver del padre de su mejor amiga adherido a la cara interna de su muslo. Todo lo había planeado con semanas de anticipación, todo lo había conseguido desde hace días, todo estaba preparado… Menos ella.
Considero el ponerse de pie y marcharse, pensar en una mejor manera de abordar la situación, pero en el momento en que iba a efectuar el movimiento, vio como la perilla de la puerta empezaba a girar, lentamente. Es como si él supiera exactamente lo que pasaba en su cabeza y buscara torturarla, lo cual, no le sorprendería. Tomo aire e intentó tragar el nudo que tenía en la garganta.
Mientras la puerta se abría analizó los sucesos que la habían llevado hasta esa situación.
ÉL
—Ese chico es muy lindo.
Alba apenas y alzó la mirada del libro que tenía entre sus manos. Había acompañado a su mejor amiga a un día de ‘compras’ que pronto se había transformado en una cacería de chicos, después de que él último de sus novios se hubiera ido con otra chica dejándole un bonito par de cuernos en la frente.
— ¿Me estas prestando atención? — le preguntó con impaciencia Lydia.
—En realidad no—murmuró con aburrimiento. Su amiga resopló en indignación y comenzó a quejarse de cómo habían ido a ‘pasarla bien’ y en realidad la estaba pasando de lo peor.
—El punto de salir aquí era distraerte, no empezar a buscar una nueva víctima.
—Pero, ¿qué mejor forma de distraerme que con otro, no?
Alba rodó los ojos pero no dijo nada. Si eso hacía feliz a Lydia, que fuera y se acostara con medio Lima, aún cuando ella pensara que no le haría ningún bien. Claro que sin importar que, su amiga tendría la opinión contraria a la de ella. Si Alba decía blanco, Lydia decía negro. Si Alba decía día, Lydia, casi por obligación, tenía que decir noche. Era casi inverosímil que pudieran ser amigas tan cercanas, pero según una vieja película que había visto en sus días de infancia, los opuestos se atraen. Y si había una palabra que pudiera unir a Lydia y a Alba era opuesta.
Alba era una chica delgada, hasta se podría decir que menuda, con una fascinación por las Converse y los libros. Medía un máximo de un metro con sesenta centímetros de altura, largo cabello entre castaño y rojizo, la piel clara y facciones simples, pero bonitas. Lydia era alta y exótica, de piel trigueña y rizado cabello negro, con un amor platónico hacia los tacones y demasiado perspicaz. Podía llegar a ser tan madura como una madre, como infantil como una cría de cuatro años.
—La señorita, Deborah Meltroso, su café americano y su pastel de lúcuma está listo —anunció un chico desde el mostrador. Lydia comenzó a desternillarse de la risa y Alba rodó los ojos. Ejemplo perfecto. La última le dio un empujón a la primera y esta se levantó, aún riendo, a recoger su pedido. Alba retomo su lectura, pero antes de que terminara siquiera la primera oración en la que se había quedado, el rugido de una moto la distrajo. En ese momento, llego su amiga con su pedido y una sonrisa en la cara.
— ¿Te flirteaste al cajero, no?
—Me conoces demasiado bien—le respondió con un guiño.
La puerta del local se abrió y entró una corriente de aire que hizo volar las páginas del libro que Alba tenía sobre la mesa. Un chico alto entro por ella. Su cabello consistía en unos dreads que le llegaban a la cintura, de un color castaño oscuro, casi negro. Vestía con una chaqueta negra, sobre una camiseta de apariencia antigua junto a unos jeans desgastados y zapatos de combate. Tenía una contextura atlética, pero lo que llamó mayormente la atención de las chicas no fue el arete de aro que colgaba de una de sus orejas o su apariencia desenfadada y atrayente, sino sus ojos azul claro, que tendían al gris. Alba volteó a ver a su amiga, casi asegurándose de que vería de nuevo una expresión depredadora en su rostro, pero lo que vio en cambio la asombró. Miraba al extraño con un rictus de completa desconfianza y hasta de desagrado. Sus manos se aferraban a la mesa, como si se refrenara de algo y tenía la mandíbula apretada.
— ¿Acaso no te agrada? —preguntó con una ceja alzada.
—Para nada —afirmó ella volteando la cara. —Hay algo en él que no me gusta. Como si tuviera un letrero en el cuello que dice: ¡Peligro!
La chica lo miro de pies a cabeza.
—Bueno, veo un colmillo, pero no un letrero. Es más, ¿no te gustan los chicos así? —su amiga resopló.
—Los chicos con los que salgo son totalmente inofensivos, excepto por su apariencia. Este no, es diferente.
— ¡Deja de mirarlo tanto, por Dios! Si sigues así, va a creer que estas interesada. Total, no te vas a casar con el hombre, solo ha entrado, tomara un café, se irá en su moto y no volveremos a verlo nunca en nuestras vidas. Relájate.
—Es igual. Su presencia me molesta, es como si absorbiera el calor del cuarto.
— ¿Cómo un dementor? Creía que no eras fan de Harry Potter. Aparte está demasiado bueno como para serlo.
—Gracias —dijo una voz grave detrás de ellas. Ambas voltearon y Alba se dio con la sorpresa de que el rostro del chico se encontraba demasiado cerca al suyo. Sus ojos parecían traspasar su rostro y ver a través de ella.
— ¿Necesitas algo? —le preguntó rudamente Lydia. El chico la miro y sonrió sardónicamente.
—Al parecer, nada que tú puedas ofrecerme, sin embargo aquí… —continuó, observando a Alba quien se sentía incomoda bajo su persistente mirada — Tenemos todo un botín.
—No hay nada aquí que ella pueda ofrecerte tampoco. —le dijo entre dientes Lydia y su amiga la vio sorprendida y la reprendió.
—No se preocupen, vengo en son de paz. —les dio otra sonrisa sarcástica. —Solo venía a presentarme, mi nombre es Caleb.
—Un gusto, pero ya nos íbamos. —respondió Lydia, cogiendo su cartera con una mano y el brazo de su amiga con la otra. Alba se soltó del firme agarre de su amiga.
—Lydia, te estás comportando como una niña.
—No me interesa, nos vamos y te lo explicare después.
—No eres mi madre, si no puedes comportarte como una persona de tu edad, quizás deberías calmarte antes de dirigirme la palabra de nuevo.
Lydia la miro encolerizada, como si fuera Alba quien no entendiera la gravedad del asunto y actuara como una muchacha malcriada. Con los labios presionados con firmeza tomó sus cosas y dándose media vuelta se fue del establecimiento sin darse cuenta de las miradas que la seguían por la escena que acababa de causar. Alba suspiró y devolvió la mirada al chico que había tomado el lugar de Lydia y se había sentado al frente suyo. Este inclinó la silla sobre sus patas traseras y estiró sus largas piernas por debajo de la mesa hasta tocar las de la chica.
— ¿Así que tu amiga esta en ese tiempo del mes? —La joven no pudo contener una carcajada.
—Usualmente no es así. No entiendo que le ocurrió. ¿Sueles tener ese efecto en la gente?
—Se podría decir que es mi encanto natural, lo que me recuerda, que aún no me has dicho tu nombre.
—Es Alba—dijo ella, llevándose su taza de café a los labios. Caleb sonrió, pero había algo oscuro en su sonrisa, como una enfermiza sensación de victoria.
—Alba. —Repitió él. —Presiento que esto será un buen comienzo. — La chica sonrió por encima del café.
CAMBIO
Poco después de su encuentro en el café, Alba y Caleb comenzaron a salir, para disgusto de Lydia. Su amiga la había enfrentado respecto a su comportamiento, pero Lydia no podía encontrar una explicación coherente a su reacción.
—Simplemente no creo que sea bueno para ti. O para nadie. —le había dicho en una de sus semanales salidas al cine. Alba paró en seco.
— ¿Sabes? Si él te agrada, podríamos discutirlo…
— ¿Acaso tú estás loca? Detesto al hombre ese. No hay ninguna posibilidad en este mundo u otro en que este mínimamente interesada en él.
—Entonces, ¿Cuál es el problema?
—El problema es que no me agrada. Es más, lo aborrezco. Hay algo en él que me dice que no es de fiar.
Alba se encogió de hombros y no presionó más sobre el asunto. Lydia había sido su mejor amiga durante mucho tiempo, desde que inició la secundaria, confiaba en ella más que nadie y era la persona más cercana a ella. Por ello, cuando empezó a tener relaciones con Caleb se sintió un poco defraudad al no tener con quien confiar. Alba no era tan liberal como Lydia, o tan ‘experimentada’ como Fiorella, otra chica de su universidad, pero no era una santurrona. Simplemente le hubiese gustado poder compartirlo con alguien. Pero después de iniciar su vida sexual con Caleb, las cosas empezaron a cambiar. No era como si fuera un abusador de mujeres de la noche a la mañana o que se hubiese subido los pantalones, le agradeciese el momento y se hubiera largado. Fueron pequeñas cosas, pequeñas expresiones, que no podía evitar notar. Como si de un momento a otro su naturaleza tendiera a la crueldad, cuando antes había fingido ser un perfecto caballero.
Nunca le había visto levantarle la mano a alguien o siquiera alzarle la voz, pero parecía disfrutar de la sangre más que una persona normal. Como por ejemplo, un mes después de comenzar a salir con él, en una de sus citas a la playa, se había tropezado con una piedra sobresaliente de la arena y se cortó el brazo. Caleb se detuvo, le tomó el brazo y lo observó sangrar por unos instantes antes de envolverlo en un pañuelo. También tomaba un interés insano en ver morir a pequeños animales, tales como ardillas, gatos o cachorros, cuando a ella se le partía el corazón. Trato de ignorar esas cosas, después de todo, ella sabía que todos tenían un lado oscuro y ciertas aficiones siniestras, pero esa faceta nunca antes vista de Caleb la asustaba. Y Alba no sabía que las cosas iban a seguir cambiando para peor.
Todo empezó con un atraso.
Al principio ni lo notó, ya que su ciclo era irregular. Pero pasaron dos meses y comenzó a preocuparse. Cuando se dio cuenta de que Caleb no utilizaba protección es cuando sus sospechas empezaron a volverse en una alarmante realidad. Alba comenzó a entrar en desesperación, le mataba la incertidumbre de no saber si estaba realmente embarazada o no, pero no era lo suficiente valiente como para hacerlo por su cuenta. Solo pudo recurrir a la única persona en la que confiaba le apoyaría.
—Tienes que estar jodiéndome—le dijo Lydia, con el rostro lívido, mientras recorrían los pasillos de una farmacia alejada del distrito donde vivían. Alba estaba casi hiperventilando y la miro con furia.
—No lo hago. Esto es serio.
—No, en serio debes estar bromeando porque siendo una chica de veintidós años deberías por lo menos, ¡tener un concepto básico de anticonceptivos! —terminó gritando. La chica en cuestión se mordió el labio y sintió como sus ojos se humedecían.
— ¡Sé que metí la pata hasta el fondo, no necesito que me lo restriegues en la cara!
—Lo sé, lo sé—dijo su amiga, rodeándola con un brazo. —Todavía no estamos cien por ciento seguras.
Dos líneas azules acallaron cualquier esperanza que pudieran tener. Alba lloró por primera vez en mucho tiempo en el baño de la farmacia, con Lydia a su lado, tratando de reconfortarla. Se sentía perdida, no sabía qué era lo que debía hacer, miles de posibilidades le corrían por la cabeza y solo un nombre estaba fijo.
—Tengo que decirle a Caleb. —dijo mientras sorbía por la nariz. Lydia a su lado suspiró.
—Tenía la esperanza de que me dijeras que él no era el padre. —Su amiga le dio una mirada dura—Ya, ya, lo siento. Bueno, ¿qué es lo que piensas hacer?
—No lo sé, no sé si podría deshacerme de él, pero no sé si podría mantenerlo tampoco. No sé nada, mis viejos me mataran, no tendré donde vivir, todo está hecho mierda. Pero esto es problema de Caleb también. Juntos veremos qué hacer.
Alba decidió decirle la verdad a Caleb mientras trabajaba de niñera con el hijo de su prima. Así también podría juzgar la habilidad del chico con los bebés. Sus padres habían salido (su madre no aprobaba a Caleb y su padre no sabía que estaban saliendo) y ella era hija única. Su prima paso a dejar al bebé junto con su moisés y le comunicó que pasaría a recogerlo en un par de horas. Escuchó el sonido característico de la Hurley del muchacho diez minutos después de que su prima se fuera. Cuando entró, la saludo con su habitual beso en el cuello, pero en lugar de pasar a la sala, como siempre hacía, mantuvo su nariz apretada a la curvatura entre su cabeza y su hombro, inhalando con precisión el olor de su piel. Y cuando alzó su rostro, pudo ver una expresión eufórica en él, como si hubiese ocurrido algo por lo que había estado esperando. Alba trató de ignorar eso, ya estaba demasiado nerviosa como para prestar atención a las manías raras de su novio.
—Tengo algo que decirte—anunció con nerviosismo mientras se dirigían a la sala. El muchacho le dio una de sus habituales sonrisas sarcásticas.
— ¿Vas a romper conmigo?
Más bien todo lo contrario, pensó Alba mordiéndose el labio. Cuando entraron a la habitación el bebé en el moisés comenzó a llorar. La chica se acercó a él y lo tomó en brazos.
—Permíteme—le dijo Caleb y tomó a Samuel en sus brazos. El niño guardo silencio en el acto y lo miro fascinado, como si nunca hubiese visto algo como él. Y siendo sinceros, eso es lo que había hecho Alba cuando lo conoció.
—Eres bueno con los niños. —apuntó la joven y tomaron asiento en el sofá.
—Podría decirse—otra sonrisa ladeada— ¿Qué era lo que querías decirme?
—Bueno, es algo complicado y no sé como lo tomaras—mientras hablaba, Alba notó como los largos dedos de Caleb se deslizaban por el rostro del niño y se dirigieron a su cuello.
—Habla.
—Es que… Uhm… ¿Planeas casarte? —dijo de improvisto. Caleb soltó una carcajada y empezó a masajear la nuca de Samuel, mientras negaba con la cabeza. — ¿Y qué piensas sobre tener hijos?
—No es lo mío. Me refiero a que, no necesitamos más vidas innecesarias en este mundo.
—Un bebé no es una vida innecesaria. —refutó.
—La mayoría de personas vienen a este mundo y no mueven más tierra de la necesaria para enterrarlos. Ese tipo de personas son insignificantes, vacías y son almas que llenan cuerpos que podrían ser utilizados para otros propósitos.
—Estas exagerando—dijo con nerviosismo mientras veía como sus dedos se apretaban con firmeza en el cuello del niño.
—No lo creo, he estado aquí el tiempo suficiente como para poder apreciarlo. —el niño empezó a boquear y abrió los ojos de una manera desorbitada. —Este niño, por ejemplo, ¿Qué nos asegura que hará algo adecuado con su vida? Podría convertirse en un tirano, cometer genocidios, o simplemente robar oxigeno del resto de personas que si hacen cosas importantes. —El rostro de Samuel comenzó a adquirir una tonalidad azul y sus manos colgaban sin fuerza al costado de su cuerpo.
— ¡Detente! ¿No ves que le haces daño? —Caleb soltó a Samuel y el niño regresó a su color normal con lentitud. Cuando empezó a respirar de manera habitual, soltó un quejido y comenzó a llorar. Alba lo alejó del chico —Creo que lo mejor sería que te fueras.
Caleb no dijo nada, se puso de pie y se marchó. Cuando Alba escuchó la motocicleta alejarse, corrió hacia el teléfono y llamó a Lydia.
—Así que no funcionó, ¿verdad? —comentó después de contarle lo ocurrido.
— ¿Te parece? Ay Lydia, ¿Qué crees que debería hacer?
—Es que a Caleb no lo conoces de nada. No sabes su apellido, en donde estudia, si es que lo hace, si trabaja o quiénes son sus padres. Lo único que sabes es que va por la vida en moto, viéndose bien y disfruta torturando niños y fácilmente también sacrificios con ardillas.
—Pero, ¿qué hago?
—Fácil, contrata a un investigador, yo tengo un número. Podríamos hablar con él. Lo mejor sería ir en persona, pero digamos que su zona de trabajo es un tanto peligrosa. Deja que me bañe, y estaré allí en una hora.
—Te espero.
Fiel a su palabra, exactamente una hora después Lydia apareció en su casa. Entró como un vendaval y la abrazó. Su amiga parecía siempre saber cómo se sentía y que era lo que necesitaba. Alba temblaba, aún con el niño en brazos, ahora pacíficamente dormido. Dejaron a Samuel en el moisés y regresaron a la sala para llamar. Lydia marcó con rapidez el número y puso el teléfono en altavoz.
— ¿Dígame?
—Buscamos investigar a alguien—dijo Lydia con voz enérgica.
— ¿Quién es?
—Su nombre es Caleb, tiene dreads, el pelo negro y largo y es alto, como de un metro noventa…
—Ah, bueno, entonces se ha equivocado de número. Él es… una escala un poco más alta a la de nosotros.
— ¿Lo conoce? —preguntó extrañada.
—Sí, ha hecho unos… encargos para nosotros. Si desea puedo conectar la línea con él.
—No creo que hablemos de la misma persona—dijo Alba temiendo lo peor.
—Sí, es uno que siempre anda en una Hurley y tiene unos ojos raros, como azules y verdes creo.
— ¿Qué tipo de trabajos hace? —preguntó Alba con un hilo de voz. Se oyó una risa del otro lado de la línea.
—Digamos que se deshace de ciertas personas.
Lydia colgó la llamada en ese instante y miró a Alba con cara de terror. La chica sentía como si el sillón estuviera temblando, pero luego se dio cuenta que era ella.
—Por Dios, ¿en qué me he metido?
—No puedes tener a ese bebé. No así, no con él.
— ¿Me estás diciendo que aborte?
—Sabes que soy pro-choice, apoyo a los gays, estoy de acuerdo con el aborto y todo eso. Alba, es tu cuerpo, es tu vida. No puedes tener un niño con él, es un asesino.
—No me gusta esa palabra.
—Pues no lo voy a endulzar para ti, es un jodido matón y lo sabes. No te voy a obligar a que lo hagas, como te dije, es tu cuerpo, es tu decisión y si quieres tenerlo, yo te apoyare. Pero tienes que darte cuenta a todo lo que renunciaras si es que tienes un bebé ahora. Tienes que pensar en tu universidad, en tus viejos, en el trabajo que tendrás que conseguir para mantenerlo y si quieres tener a Caleb en la vida del bebé. Es demasiado. Te dejaré sola para que lo pienses y cuanto te decidas llámame y te ayudare. ¿De acuerdo?
—De acuerdo—lloró Alba. Lydia le dio un último abrazo y se fue. Alba se dirigió a su cuarto y vio a Samuel dormir. Vio su pequeño rostro y su pecho subir y bajar al respirar. ¿Estaba lista para dejar todo por un ser parecido a él? No estaba segura. Pero tampoco se podía decidir a abortarlo. En esa maraña de sentimientos apareció su prima a llevarse al bebé. La miro de pies a cabeza.
— ¿Está todo bien o paso algo?
—Está bien.
—Si tú lo dices…—le respondió su prima sin creerlo. Su esposo las interrumpió para decirle que el bebé ya estaba instalado en el carro. Su prima se despidió y se fue. Alba entró a la ducha, se aseó y luego se metió a su cama con su pijama, sus padres aún no llegaban y se sentía muy cansada. Su celular sonó en su mesa de noche y el nombre ‘Lydia’ brilló en la pantalla.
—Lydia, aún no lo he decidido.
—No es Lydia cariño, es la señora Franccesca —era la mamá de Lydia.
—Ah señora, dígame.
—Lydia ha tenido un accidente—dijo con voz llorosa. Alba sintió como si algo le aplastara el pecho. —Ahora está estable. La atropelló un carro cuando venía hacia la casa. Al parecer el conductor escapó y aun no logran encontrarlo, quería saber si tú habías visto algo, o si Lydia había tenido una discusión con alguien.
—No que yo sepa, señora. ¿En qué clínica está? Quiero ir a verla.
La madre de Lydia le dio el nombre de la clínica y luego colgó. Alba tomó las llaves de su auto y se dirigió al garaje, aún en pijamas. Manejó a toda velocidad hacia la clínica y cuando llegó, se encontró con la señora Franccesca en la puerta, la cual la dirigió hacia el cuarto de Lydia. La muchacha se encontraba postrada en la cama, inconsciente, llena de vendajes y con la pierna izquierda envuelta en un yeso. Alba apenas pudo retener las lágrimas, sentía que había llorado demasiadas veces ese día. Se acercó a la cama y acarició el cabello de su amiga, mientras analizaba los daños de su accidente. Cuando vio el yeso, observó que alguien había escrito en plumón negro la parte interna. Se acercó y leyó lo que se encontraba escrito allí.
No deberías meterle ideas en la cabeza, no es mi primera vez – C.
Alba no podía respirar, sentía como la impotencia, la rabia, la tristeza, absolutamente todo se arremolinaba en su interior. Fue ahí cuando se dio cuenta que nadie se encontraba a salvo, ni ella, ni su bebé aun no nacido, sus amigas o siquiera sus padres. También fue ahí cuando tomó una decisión.
ELLA
La puerta del hotel se abrió y Caleb entró con toda su majestuosidad y cuero. Cuando la vio le dio una sonrisa que ella respondió con una mirada llena de furia.
— ¿Vas a matarme, Alba?
—Pues debería—le dijo con la voz temblando de miedo e ira—Atropellaste a Lydia.
—No lo niego—dijo Caleb encogiéndose de hombros.
—Intentaste matar a Samuel. Eres un asesino a sueldo. ¿Me he olvidado de algo?
—Que estás embarazada—Alba le miro sorprendida. — ¿Qué? ¿Creíste que no me enteraría?
— ¿Cómo lo sabes?
—Tengo mis maneras. Pero no hay que perder el tiempo—dijo, dándose la vuelta—No tienes el valor de hacerlo. No eres capaz.
Alba tomó el revólver que tenía escondido en el muslo y le quito el seguro.
— ¿Crees que no lo soy?
—Pues atrévete—le dijo, alzando los brazos, tentándola. —Dispárame y todo habrá acabado, ¿no? —La chica dudó— ¿Lo vas a hacer o no? No tengo todo el día para estar aquí. Cuando tengamos al niño lo alejare de ti. No necesita ser débil como tú. Será igual que su padre—agregó con una sonrisa malvada—Le enseñare todo lo que necesita saber. Trabajara a mi lado y será el mejor de todos nosotros. Marcara una etapa…
Alba no aguantó más y disparó. Sonó como un silbido y un golpe seco cuando le dio a Caleb. Una mancha roja apareció en su camisa y la sonrisa le fue desapareciendo del rostro. Empezó a toser sangre y cayó de rodillas al suelo.
—Con que no era capaz, ¿no? —le dijo Alba y le disparó de nuevo. El cuerpo de Caleb cayó sobre la alfombra. Alba empezó a temblar. Lo había hecho, lo había matado. Guardo de nuevo el arma en el sujetador en el muslo. Revisó la cama y debajo de ella, por si había dejado algo. Las manos le temblaban, pero pensó que podría tener un ataque de pánico después de que se largara de allí y llegara la policía. Mientras se encontraba agachada en el piso oyó una risa. Se dio la vuelta y vio a Caleb de pie, escupiendo sangre por la boca.
—Oh por Dios.
—Intenta de nuevo, es del otro lado de hecho.
— ¿Cómo no estás muerto? —preguntó aterrorizada, retrocediendo mientras él avanzaba.
—Digamos que toma más que un par de disparos para deshacerse de mí.
— ¿Eres un vampiro? —el chico resopló.
—No me compares con esas criaturas de bajo nivel. No brillo a la luz del sol o cualquiera de esas mariconadas. Te daré una pista: solía vivir en un lugar muy oscuro.
— ¿Eres un demonio? —chilló asustada.
—Sí, aunque lamento que no puedas ver mi verdadera forma, digamos que es un poco más imponente—mientras decía eso, sus ojos se volvieron completamente negros, incluyendo la parte blanca de ellos. Alba sentía que escalofríos le sacudían el cuerpo.
— ¡No te acerques! ¡Aléjate de mí!
—No te preocupes, este cuerpo es temporal. Tenía una misión que cumplir y ya está hecha. Ese niño—dijo, señalando su abdomen—está destinado a grandes cosas. Yo solo tenía que lograr que existiera y eso ya está realizado. Ya cumplí lo que tenía que hacer. Ya es hora de que deje este envase.
— ¡Abortare! ¡Me desharé de él! ¡Ya no lo quiero! —gritó desesperada Alba. El chico volteó y la joven vio sus ojos con terror, mientras todo rastro de regocijo desparecía de su cara.
—Pues me mantendré aquí el tiempo suficiente para asegurarme de que eso no ocurra. Cada vez que veas unos ojos negros, tan solo piensa que estoy cerca y te estoy vigilando.
La chica cayó sobre la cama y se envolvió con sus brazos. Caleb comenzó a reír y de su boca comenzó a salir un humo negro, formándose una nube encima de su cabeza. Esta cubrió por completo el techo y desapareció por un ducto de ventilación mientras el cuerpo ahora vacío de Caleb caía al piso. En la cama, Alba gritó.

